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BAL·KAN Miel et Sang
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Referencia: AVSA9902

  • Jordi Savall
  • Hespèrion XXI

«Sin los sentidos no hay memoria, y sin memoria no hay pensamiento», decía Voltaire, y nosotros también pensamos que sin memoria y sin pensamiento no hay justicia ni civilización. La música es la más espiritual de todas las artes; en realidad, es el arte de la memoria por excelencia: sólo existe cuando un cantante o un instrumentista la hace vivir, y entonces, al verse nuestros sentidos embargados por la emoción y la belleza de un canto o la vitalidad sorprendente de una danza, ocurre que gracias a la memoria los fijamos en nuestro pensamiento. Unos momentos intensos y a la vez fugaces que nos llenan el corazón de paz y alegría o de dulzura y nostalgia, y que conservaremos preciosamente en lo más profundo de nuestra memoria.

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«Sin los sentidos no hay memoria, y sin memoria no hay pensamiento», decía Voltaire, y nosotros también pensamos que sin memoria y sin pensamiento no hay justicia ni civilización. La música es la más espiritual de todas las artes; en realidad, es el arte de la memoria por excelencia: sólo existe cuando un cantante o un instrumentista la hace vivir, y entonces, al verse nuestros sentidos embargados por la emoción y la belleza de un canto o la vitalidad sorprendente de una danza, ocurre que gracias a la memoria los fijamos en nuestro pensamiento. Unos momentos intensos y a la vez fugaces que nos llenan el corazón de paz y alegría o de dulzura y nostalgia, y que conservaremos preciosamente en lo más profundo de nuestra memoria.

En el mundo actual donde todo se comunica al instante, la influencia dominante de la globalización es una de las principales causas de la pérdida cotidiana de las memorias ancestrales; estamos sometidos a tal avalancha de informaciones, espectáculos, ofertas lúdicas, que se acaba favoreciendo la rápida desaparición de las antiguas culturas autóctonas de tradición oral. Son con frecuencia tradiciones musicales únicas, transmitidas durante siglos, de padres a hijos o de maestros a alumnos, y conservadas vivas hasta nuestros días gracias a su función esencial en la vida cotidiana de las personas y las familias, y también gracias a su inclusión en las ceremonias y las fiestas que celebran los ciclos naturales de la vida del hombre y la naturaleza; músicas supervivientes que han ayudado a sobrevivir.

Sin embargo, el «progreso» también termina llegando a algunas de esas regiones del este de Europa que durante más de cuatro siglos se habían mantenido completamente al margen de la evolución social y técnica de la «Gran Europa». Y esa modernización de la vida cotidiana tiene como consecuencia que muchas de esas músicas que habían sobrevivido intactas al olvido del tiempo se encuentren progresivamente en vías de desaparición, remplazadas por músicas más «modernas» y «universales». Esos cantos conmovedores, esas hermosas danzas antiguas se ven sustituidos poco a poco por las músicas globales que dominan cada vez más los medios de comunicación modernos: televisión, Internet, radio, cine, discos compactos, etcétera.

Por ello, nuestro nuevo libro-cd «Las voces de la memoria» en el país de BAL·KAN («Miel y Sangre») quiere contribuir a difundir entre públicos nuevos esos repertorios a partir de un enfoque creativo pero respetuoso con las diferencias estilísticas originales. Al mismo tiempo, queremos rendir un ferviente homenaje a todos esos músicos, esos hombres y mujeres que con arte sublime y profundamente auténtico siguen dando vida a las músicas de su vida y de sus antepasados. Estamos del todo convencidos de que constituyen uno de los patrimonios intangibles más conmovedores y ricos de la humanidad. Así pues, en esta nueva grabación nos acompañarán unas verdaderas «voces de la memoria» y nos llevarán a un fascinante y sorprendente viaje musical: un viaje imaginario, sin duda, pero intensísimo, en el tiempo, el espacio y los «ciclos de la vida» de esa antigua región de Europa que los otomanos llamaron Bal Kan (Miel y Sangre) durante sus invasiones en el siglo XV; una región, recordémoslo, que fue hace más de tres mil años la cuna misma de nuestra Europa.

Para llevar a cabo nuestro programa, invitamos a 40 cantantes y músicos de creencias diversas (musulmana, cristiana o judía) procedentes de 14 países diferentes (Armenia, Bélgica/manuche, Bulgaria, Bosnia, Chipre, España, Francia, Grecia y Creta, Hungría, Israel, Marruecos, Serbia, Siria, Turquía). En canto solista o en conjuntos, interpretan una amplia selección de músicas surgidas de numerosas tradiciones vivas de ese inmenso mosaico de culturas musicales que son los pueblos de los Balcanes y sus diásporas cíngaras y sefardíes. Con el fin de escucharlas en un orden poético y estructurado, hemos distribuido canciones y nuevas músicas en los seis momentos diferentes de los «ciclos de la vida y la naturaleza». Esta magnífica idea original de Montserrat Figueras, trabajada y preparada entre los años 2009 y 2011, acabó dando lugar a un programa de concierto dedicado a «Ciclos de la vida: los caminos de la diáspora sefardí», un programa que se presentó en Barcelona el 31 de mayo del 2010 y en el Festival de Fontfroide el 18 julio del 2011. Gracias a esa estructura vital, los diferentes cantos y músicas instrumentales del proyecto BAL·KAN se organizan y alternan de una forma muy orgánica en el interior de las seis partes principales del programa:

I. CREACIÓN:
UNIVERSO, ENCUENTROS y DESEOS
II. PRIMAVERA:
NACIMIENTO, SUEÑOS Y CELEBRACIONES
III. VERANO:
ENCUENTROS, AMOR Y MATRIMONIO
IV. OTOÑO:
MEMORIA, MADUREZ Y VIAJE
V. INVIERNO:
ESPIRITUALIDAD, SACRIFICIO, EXILIO Y MUERTE
VI. (RE)CONCILIACIÓN

La selección de las músicas de esta grabación se ha realizado a partir de nuestras investigaciones sobre los repertorios sefardíes y otomanos conservados en las principales ciudades de los Balcanes y, sobre todo, a partir de las propuestas de los diferentes músicos y conjuntos especializados como Agi Szalóki, Meral Azizoğlu, Bora Dugić, Tcha Limberger, Nedyalko Nedyalkov, Dimitri Psonis, Gyula Csík, Irini Derebei y Moslem Rahal, a quienes invitamos a trabajar en el proyecto. Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a todos ellos por el formidable compromiso y las maravillosas interpretaciones musicales que, con su variedad y diversidad, contribuyen a dar forma y sentido a este «Bal·Kan: Miel y Sangre». Músicas de tradiciones antiguas y modernas, músicas rurales y urbanas, músicas de celebraciones o evocaciones: cantos y danzas de orígenes muy diversos, que van de Bulgaria a Serbia, de Macedonia a la Turquía de los confines otomanos, de Rumanía a la frontera húngara, de Bosnia a Grecia, de las músicas sefardíes a las tradiciones cíngaras. Auténtico mosaico, esas músicas son interpretadas por las «voces de la memoria» y acompañadas por los instrumentos de origen de cada cultura: kaval, gûdulka (lira búlgara), tambura, lira griega, kamanchá, qanún, ud, tambur, ney, santur, saz, violín y contrabajo, frula, címbalo húngaro, acordeón, órgano y guitarra, etcétera. El conjunto de estas músicas, junto con la anterior grabación instrumental «Espítitu de los Balcanes», nos permite evocar un verdadero mapa multicultural de las tradiciones musicales de esa rica parte de Europa oriental, que sorprenden y cautivan por su vitalidad y su pasión, pero también por su belleza y su espiritualidad. Constatamos entonces, a pesar de las características nacionales de los diferentes pueblos de la península balcánica, que con mucha frecuencia los mismos rasgos los vinculan en un plano más profundo.

* * * * *

La idea de desarrollar un gran proyecto musical e histórico sobre los pueblos de los Balcanes y las diásporas cíngaras y sefardíes nació a finales del año 2011 durante la preparación del concierto «Homenaje a la ciudad de Sarajevo» que dimos en el Festival Grec de Barcelona el 9 de julio del 2012. Hace veinte años, durante los trágicos acontecimientos de la guerra de desintegración de la antigua República de Yugoslavia, esa ciudad sufrió un terrible asedio por parte de las tropas serbias; fueron asesinadas entonces más de doce mil personas y más de cincuenta mil padecieron heridas graves. Europa en particular y el mundo en general respondieron con un silencio absoluto y una decisión más que discutible de no intervenir en el conflicto, lo cual tuvo como consecuencia la prolongación del feroz asedio de la capital bosnia durante cuatro años (1992-1996). La intervención internacional sólo llegaría de modo decisivo en 1995, pero entonces más de 20 millones de kilos de proyectiles y metralla habían desfigurado para siempre la geografía física y humana de esa ciudad. Desde tiempos remotos, Sarajevo había sido la encrucijada cultural de la península balcánica donde las tradiciones del mundo eslavo, ya sea de fe ortodoxa o católica, se mezclaron en perfecta armonía con las culturas recién llegadas, como las del islam de los turcos otomanos, que dominaron los Balcanes durante más de cuatrocientos años, o las del judaísmo de los sefardíes, que encontraron allí refugio tras su expulsión de la península ibérica en 1492. «Esa última guerra de los Balcanes –señala Paul Garde– estalló de repente en una Europa pacificada en profundidad desde hacía medio siglo y sin recuerdo de las asperezas de la historia. De ahí la incomprensión, la sospecha con respecto a esa región y el resurgir de los estereotipos que la describen como condenada eternamente al crimen y la desgracia». Considerada aún como el «polvorín de Europa», no debemos olvidar, como subraya Predrag Matvejević, que esa península fue también «la cuna de la civilización europea». Esa península del mundo mediterráneo se extiende desde la isla de Citera al sur hasta el Danubio y el Sava al norte; según afirma Georges Castellan, en ella, «en realidad, el olivo no llega a Estambul y las regiones búlgaras no deben nada a los aires del Mediterráneo. Ahora bien, desde el Peloponeso hasta Moldavia, aunque los paisajes cambien, las ciudades y los pueblos presentan rasgos comunes: por todas partes iglesias con cúpulas bizantinas, a menudo una mezquita, y esas casas con grandes galerías (çardak) o esas posadas (an), puntos de parada de las caravanas, que encontramos tanto en Patras como en Bucarest, en Skodra como en Plovdiv, sin olvidar los puestos callejeros donde el artesano ofrece un café turco, sin dejar de martillear los platos de cobre. ¿Un aire de familia? Sin duda, el de pueblos diversos que, después de haber vivido una larga aventura común, han acabado constituyendo en el interior de Europa una zona cultural específica». Los viajeros perspicaces observarán cierto arte de vivir, una especie de Espíritu de los Balcanes que sabe asociar ocio, convivialidad y, sobre todo, sentido de la hospitalidad, un valor esencial siempre muy respetado por todas las sociedades balcánicas y cultivado especialmente en los medios rurales.

Ahora bien, para comprender del todo esta especificidad balcánica, debemos acudir a la historia. La caída del Imperio romano en el siglo V dio lugar, en la parte oriental del Mediterráneo, a la creación del Imperio bizantino –cuya capital Constantinopla sería la ciudad más grande y más rica de los Balcanes durante más de mil años, hasta 1453– que unificaría la península política y religiosamente, instalando la herencia de un cristianismo ortodoxo que sigue siendo una característica esencial de una mayoría de países balcánicos. No obstante, en el siglo XVI, la totalidad de los Balcanes pasaría a manos del Imperio otomano que, desde lo que sería a partir de 1453 Estambul, adoptaría la actitud tolerante del islam tradicional hacia la mayoría cristiana en tanto que «pueblo del Libro», siempre que aceptara el gobierno musulmán y pagara los impuestos que eximían a sus miembros del servicio militar. Esa conquista otomana supuso también cambios considerables en la geografía humana de la región. Por una parte, introdujo una tercera religión, el islam, y al mismo tiempo causó devastaciones y migraciones masivas que tuvieron como consecuencia una inextricable mezcla de poblaciones, lenguas y culturas. Como recuerda Manuel Forcano, tras esa invasión los otomanos se refieren a la península con la palabra balkan, procedente de dos palabras turcas, bal y kan, que significan «miel» y «sangre». No sólo descubrieron la riqueza de la zona (sus frutos, la dulzura de su miel), sino también lo valientes, belicosos y rebeldes que eran sus habitantes, puesto que lucharon obstinadamente contra los invasores.

El Imperio otomano comenzó a perder poder a finales del siglo XVII. Los austriacos reconquistaron Hungría, Voivodina y Eslavonia. Por último, en 1739, se firmó el tratado de Belgrado que puso fin a una prolongada guerra entre los dos imperios, y la frontera se estabilizó durante un siglo y medio en el Sava, el Danubio y las cumbres de los Alpes de Transilvania.

En el siglo XIX, el sentimiento nacional se desarrolló por toda Europa y, en ese mismo impulso, todas las naciones cristianas sometidas a los turcos se fueron rebelando contra ellos: Serbia (1804), Montenegro (1820), Grecia (1821), Valaquia y Moldavia, que se unieron para formar Rumanía (1877), Bulgaria (1878). Asistimos entonces a un renacimiento cultural, lingüístico y literario de los diferentes pueblos: húngaros, rumanos, eslovenos, croatas, serbios. En 1912, estalló la primera guerra balcánica: Serbia, Grecia, Bulgaria y Montenegro consiguieron aliarse para luchar contra el Imperio otomano. La segunda estalló un año más tarde y concluyó con la derrota de los búlgaros; serbios y griegos se repartieron Macedonia, y Albania se hizo independiente. Enseguida comenzó entonces, a causa de los Balcanes, la Primera Guerra Mundial, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914 en Sarajevo.

Crisol de pueblos, lenguas, creencias y culturas, los Balcanes representan la imagen más misteriosa de esa «otra Europa» que, debido a su pertenencia al Imperio otomano, vivió más de cuatrocientos años casi totalmente al margen de las principales corrientes culturales y sociales de la Europa occidental. Los Balcanes han sido una encrucijada muy disputada: rico lugar de encuentro y, a la vez, terreno de dramáticos enfrentamientos.

Pese a los violentos sobresaltos que marcan su historia, así como a su fragmentación lingüística y política, los pueblos de los Balcanes siguen compartiendo un importante número de características culturales y la herencia de su pasado histórico. Son precisamente esas características las que queremos resaltar en esta grabación con los músicos que hemos invitado y que pertenecen a esas diferentes culturas, religiones y regiones. Junto con ellos hemos profundizado, seleccionado y grabado diferentes músicas con el objeto de reunir un hermoso florilegio musical antiguo, tradicional y popular a un tiempo, procedente de esa parte fascinante y todavía muy misteriosa de Europa oriental. Estamos convencidos de que gracias a la emoción, la vitalidad y la belleza de todas esas músicas, podremos comprender mejor ese sentimiento que nos gusta definir como la imagen musical de un auténtico «Espíritu de los Balcanes».

En Europa occidental, da hoy la impresión de que la cultura «balcánica», popularizada por las películas de Emir Kusturica o por la música de Goran Bregoviç, se ha convertido en un valor seguro. Se multiplican los festivales de música de los Balcanes, les conciertos de la Fanfare Ciocârlia o de Boban Markovic llenan las salas. La música tradicional balcánica, o al menos, la idea que tienen de ella los occidentales, ocupa ya un lugar en la sección World Music de todo establecimiento de discos bien surtido. En cambio, sabemos muy poco del repertorio menos «folklórico», que no responde a las proyecciones mentales del público occidental. No olvidemos que lo esencial de la música balcánica ha tenido una fuerte influencia de la cultura romaní (véase el artículo de Javier Pérez Senz «Músicas con alma romaní» en el disco «Espíritu de los Balcanes»), algo que por otra parte parecen olvidar todos los musicólogos de la región, que hablan de músicas «serbias», «búlgaras» o «macedonias», sin mencionar que sus fuentes y sus intérpretes son muy a menudo «cíngaros».

Con algunos de los mayores músicos de las diferentes culturas de esa parte de Europa oriental y los solistas de Hespèrion XXI, hemos querido abordar ese extraordinario legado musical histórico, tradicional e incluso moderno, para estudiarlo, seleccionarlo e interpretarlo juntos, creando al mismo tiempo un verdadero diálogo intercultural entre esas diferentes culturas desgarradas con frecuencia por conflictos dramáticos y muy antiguos.

La consolidación de la paz en esa península es aún una empresa llena de dificultades; unas dificultades especialmente acentuadas en las regiones más afectadas por las guerras: Bosnia y Kosovo. Sin embargo, el entendimiento y la integración entre los diferentes pueblos de los Balcanes sólo podrá llevarse a cabo mediante la verdadera reconciliación –semejante a la realizada hace medio siglo por los pueblos francés y alemán– y mediante la integración de todos los países de la península en la Unión Europea. Como dice Paul Garde, «no tienen que convertirse en europeos, lo son». Sin embargo, el «ángel de la historia» avanza mirando hacia atrás, y todo ello exige un importante proceso de reconciliación entre las identidades y los pasados de cada uno, integrando todos los estratos de la historia balcánica; en especial, la herencia otomana. Creemos también, como destacan Jean-Arnault Dérens y Laurent Geslin, que «en ese redescubrimiento de su propia historia y sus identidades múltiples los pueblos de los Balcanes podrán por fin volver a ser plenamente dueños de su destino, perfilando al mismo tiempo otra manera de ser europeos que no dejará de asombrar y maravillar a los occidentales».

JORDI SAVALL
Padua, 21 de octubre del 2013

Bibliografía escogida y obras consultadas:
–Timothy Rice, Music in Bulgaria: Experiencing Music, Expressing Culture, Nueva York, Oxford University Press, 2004.
–Jean-Arnault Dérens y Laurent Geslin, Comprendre les Balkans. Histoire, sociétés, perspectives, París, Non Lieu, 2007.
–Georges Castellan, Histoire des Balkans. xive-xxe siècle, París, Fayard, 1991.
–Paul Garde, Les Balkans. Héritages et évolutions, París, Flammarion, 2010.

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