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LES ÉLÉMENTS. Tempêtes, Orages & Fêtes Marines 1674 – 1764
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Referencia: AVSA9914

  • Le Concert des Nations
  • Direcció: Jordi Savall

A lo largo del siglo XVIII, los músicos europeos, sobre todo los franceses, se especializaron en el arte de pintar en música. Expresando su intención, Jean-Féry Rebel precisa en su prólogo de Les Éléments que “el Aire está ‘pintado’ por notas seguidas de cadencias formadas por las pequeñas flautas”. Así pues, daremos la palabra a nuestros “pintores” musicales, que en este programa de concierto –grabado en directo en el Festival de Fontfroide– serán Matthew Locke, Marin Marais, Georg Philipp Telemann, Antonio Vivaldi, Jean-Philippe Rameau y Jean-Féry Rebel.

Descripción

A lo largo del siglo XVIII, los músicos europeos, sobre todo los franceses, se especializaron en el arte de pintar en música. Expresando su intención, Jean-Féry Rebel precisa en su prólogo de Les Éléments que “el Aire está ‘pintado’ por notas seguidas de cadencias formadas por las pequeñas flautas”. Así pues, daremos la palabra a nuestros “pintores” musicales, que en este programa de concierto –grabado en directo en el Festival de Fontfroide– serán Matthew Locke, Marin Marais, Georg Philipp Telemann, Antonio Vivaldi, Jean-Philippe Rameau y Jean-Féry Rebel.

Precisamente, la primera parte de esta grabación (CD1) empieza simbólicamente con la extraordinaria y sorprendente “representación del caos”, que este último compositor introdujo en 1737 en su ballet Les Éléments. La primera parte de dicho programa descriptivo y simbólico se completa a continuación con las músicas de escena compuestas por Matthew Locke para la pieza teatral The Tempest, concluyendo con una de las más famosas Tempesta di mare de Antonio Vivaldi, para flauta dulce y cuerdas en fa mayor (RV 433, Op. 10 Nº 1).

La segunda parte del concierto (CD2) abre con extractos de la tragedia en música Alcione de Marin Marais, seguidos por la famosa suite Wassermusik Hamburger Ebb und Fluth de G. Ph. Telemann. Cerraremos este florilegio con una selección de tormentas, truenos, temblores de tierra y Contredanses compuestos por Jean-Philippe Rameau para las óperas Les Indes Galantes, Hippolyte et Aricie, Zoroastre y Les Boréades.

La sorprendente obra publicada en 1737 que abre esta grabación constituye ciertamente un verdadero poema sinfónico: Rebel lo titula Les Elémens « simphonie nouvelle ». El resumen del programa y la mención de los instrumentos y armonías que deben emplearse con fines descriptivos claramente determinados están detallados con precisión en su prefacio:

“La introducción de esta sinfonía era natural: era el caos mismo, esta confusión que reinaba entre los Elementos antes del momento en el que, sometidos a leyes invariables, ocuparon el lugar que les está destinado en el orden de la Naturaleza.
Para dibujar cada Elemento particular en esta confusión, me he servido de las convenciones más corrientes. El bajo expresa la Tierra mediante notas ligadas entre sí y que se tocan por sacudidas; las flautas, mediante trazos de canto que suben y bajan, imitando los cursos y el murmurio del Agua; el Aire está pintado por notas seguidas de cadencias formadas por las pequeñas flautas; y finalmente, los violines representan la actividad del Fuego con trazos vivos y brillantes.
Dichos caracteres distintivos de los Elementos son reconocibles, separados o confundidos, en su conjunto o parcialmente, en las diferentes versiones que denomino Caos, que marcan los esfuerzos que emplean los Elementos para deshacerse los unos de los otros. En el 7º Caos, dichos esfuerzos disminuyen, a medida que se aproxima el desenlace en su conjunto.
Esta primera idea me ha llevado más lejos. He osado tratar de unir a la idea de la confusión de los Elementos la de la confusión de la armonía. Para empezar, he intentado hacer que se oyeran los sonidos mezclados juntos, o bien todas las notas de la octava reunidas en un solo sonido. Dichas notas se desarrollan a continuación, subiendo al unísono en la progresión que les es natural; después de una disonancia, se escucha el acorde perfecto.
Finalmente, he creído que sería todavía mejor el Caos de la armonía si me paseaba por los diferentes Caos en diferentes cuerdas. Sin chocar al oído, he logrado que su final sea indeciso, hasta volver con determinación en el momento del desenlace.”

Matthew Locke se encontraba en Exeter, en cuya catedral había sido corista, cuando en 1642 estalló la guerra civil. Aprendió a tocar el órgano y entabló amistad con Christopher Gibbons, cuyo tío era maestro de coro. Posiblemente coincidió con el futuro Carlos II en los Países Bajos (1646-1648). Durante la restauración, fue “compositor ordinario” (Composer in ordinary) del rey Carlos II en 1661; después de su conversión al catolicismo, también se convirtió en organista de Catalina de Braganza, esposa del rey. Escribió con Christopher Gibbons la música de la mascarada de James Shirley Cupid and Death (1653), quizá la más elaborada de aquel período. Asimismo, firmó la mayor parte de la “música de acompañamiento” del drama de William Davenant The Siege of Rhodes, representado en la Rutland House londinense en 1656 y generalmente considerado la primera ópera inglesa. Locke también musicalizó otras obras teatrales, como Psyche (semiópera, 1675) de Thomas Shadwell, la versión de Macbeth (1663) por Davenant o también la adaptación de The Tempest (semiópera, 1674) firmada por Shadwell. En esta última obra, Locke utiliza por primera vez en la historia de la música inglesa indicaciones como soft (“flojo”) o louder by degrees (“gradualmente más fuerte”) e introduce trémolos en las cuerdas. La “suite” que hemos reunido con la selección de los diferentes movimientos instrumentales se compone, a excepción del descriptivo Curtain Tune, de movimientos de danza enriquecidos por una escritura densa y rica de armonías de acompañamiento intensas e imaginativas, pero siempre llenas de frescura y ligereza.

No debemos olvidar que es en el repertorio italiano del siglo XVIII que se encuentra en abundancia este gusto por las descripciones de la naturaleza, tal como en las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi o también en su famosa Tempesta di mare, que cierra la primera parte de esta grabación, con la magistral interpretación de Pierre Hamon.

II

Marin Marais compuso cuatro tragedias en música, de las que Alcione, estrenada en 1706, obtuvo un éxito rotundo. En esta ópera, Marin Marais dio una novedosa importancia a los instrumentos con su “tempestad”, granjeándose una celebridad que explica que fuera reproducida e imitada de ahí en adelante. Remetimos a Evrard Titon du Tillet, en su comentario publicado en 1723 en Le Parnasse françois… des poètes et des musiciens:

“No puede dejarse de hablar en este lugar de la tempestad de esta ópera, tan alabada por todos los conocedores y que causó una impresión tan prodigiosa. Marais ideó la ejecución de la base de su tempestad no sólo con fagotes y bajos de violín ordinarios, sino también con tambores poco tensos, que redoblan continuamente, creando un ruido sordo y lúgubre que, junto a los tonos agudos y punzantes emitidos por la cantinela de los violines y los oboes, suena en su conjunto con todo el furor y el horror de un mar agitado y un viento furioso que retumba y silba; al fin y al cabo, una tempestad real y efectiva.”

Cabe añadir a otro gran pintor músico como Georg Philipp Telemann, que con su Música acuática “Marea alta y baja de Hamburgo” (compuesta para conmemorar el centenario del almirantazgo de Hamburgo en 1723) evoca magistralmente todo el misterio de las antiguas mitologías del mundo acuático. He aquí otro mago que, con su música (escrita en el más puro estilo francés), hace oír el furor de un océano poblado por criaturas míticas: la bella Tetis dormida, mecida por el sonido dulce de las flautas (zarabanda) y despertada por la alegría de un Bóreas que baila grácilmente; la lastimera loure de un Neptuno enamorado; la brillante alegría de las náyades (gavota); las jocosidades de los tritones (arlequinadas); el torbellino de un mar azotado por los vientos de un Eolo desenfrenado, seguido por la evocación de un céfiro reconfortante (minueto). Después del flujo y reflujo de la marea salvaje, evocado por los instrumentos de cuerda (giga “Ebbe und Fluth”), el “canario” de los marineros termina celebrando alegremente el fin de un viaje lleno de sorpresas.

En la mayoría de óperas, las músicas instrumentales se despliegan sobre ritmos (a menudo de danza) que siguen contrastes y disonancias para trazar a grandes rasgos la alegría de las fiestas marinas, el pánico ante los desastres y finalmente un retorno al equilibrio natural. En la ópera Alcione de Marin Marais, la impresionante escena del naufragio generó un largo epílogo, convirtiéndose en modelo de un género y un estilo orquestal que Rameau llevaría a su apogeo treinta años más tarde. Escuchemos estas tormentas y estos céfiros que soplan en Les Indes Galantes y el trueno que retumba en Hippolyte et Aricie. En Les Boréades, varias “sinfonías descriptivas” forman parte de esta última obra maestra, en la que el dios Bóreas, dueño de los vientos, está en el centro de la intriga. No obstante, la última gran ópera de Rameau, escrita poco antes de su fallecimiento, nunca fue representada y no sería estrenada en un escenario de teatro hasta 1983.

Las críticas han terminado ciertamente por estigmatizar estas técnicas de pintura musical, calificándolas de mescolanza disonante y caos armónico y juzgándolas obsoletas. Las tormentas, tempestades y otros temblores de tierra fueron a su vez objeto de comentarios, pero la moda siguió viva durante el siglo XVIII, encontrándose rastros de la misma incluso a principios del XIX.

Estos temas que sorprenden, seducen y sugieren nos hablan todavía hoy en día. La Tierra está en peligro, es una realidad. Su principal enemigo es el hombre. Desde hace años, participa en su destrucción. El planeta está siendo objeto de tantas agresiones que comenzamos a sufrir las consecuencias. Por gran suerte, numerosos países se han movilizado para que, entre otros, disminuya el agujero en la capa de ozono, que nos protege de los rayos nocivos del sol. Los principales dirigentes políticos del mundo parecen finalmente ser conscientes de la importancia de establecer y realizar controles para reducir eficazmente las emisiones de gases que destruyen dicha capa. Esperemos que estos objetivos puedan realmente lograrse y mantenerse. La salvaguardia del planeta todavía es posible con la cooperación, el esfuerzo y la voluntad de todos. La Tierra será lo que hagamos de ella. Pueda la música recordárnoslo, con sus “tempestades y tormentas”.

JORDI SAVALL
Bellaterra, 1 de octubre de 2015
Traducción: Gilbert Bofill i Ball