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FELIX MENDELSSOHN
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Descripción

ALIA VOX
AVSA9955
Total: 59’49

FELIX MENDELSSOHN
Symphonie nº4 en La Majeur
“Italienne”, Op.90

 

Version finale de 1834
  1. I. Allegro vivace   11’27
  2. II. Andante con moto   6,14
  3. III. Con moto moderato   6,52
  4. IV. Saltarello. Presto   6,25

Première version 1833
  5. I. Allegro vivace   11’18
  6. II. Andante con moto   5,40
  7. III. Con moto moderato   6,15
  8. IV. Saltarello. Presto   5,30

LE CONCERT DES NATIONS
Lina Tur Bonet concertino
JORDI SAVALL
direction

Enregistré du 26 au 28 octobre 2022 à la Collégiale de Cardona (Catalogne)
Montage et Mastering SACD : Manuel Mohino (Ars Altis)

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FELIX MENDELSSOHN
Sinfonía Italiana
1833-1834

Un viajero excepcional en busca de luz y alegría

El hecho de que el primer viaje importante en solitario del joven Mendelssohn a la edad de 21 años comience con una visita a Goethe en Weimar nos permite imaginar que ese viaje emprendido hacia el tan esperado descubrimiento de Italia se inspira en el realizado por Goethe cuarenta y cinco años antes y contado en su Viaje a Italia (Italienische Reise). Lo que nos dice el compositor al final de su primera carta del 21 de mayo de 1830 a propósito de esa visita es muy iluminador y a la vez abrumador: «Tendría que ser un insensato para lamentar el tiempo pasado con él. Hoy tengo que tocarle a Bach, Haydn y Mozart, y traerlo de ese modo hasta nuestros días, como dice él mismo. Por lo demás, me he tomado a mi oficio de viajero». Con esas palabras, afirma su voluntad de confrontarse a los demás, a los acontecimientos de antaño, y también a la modernidad de su tiempo.

«Mendelssohn acababa de cumplir su vigésimo primer año nos cuenta Abraham-Auguste Rolland en el prólogo a la primera edición francesa de las cartas de Mendelssohn, publicada en 1864 cuando su padre, rico banquero berlinés, distinguido tanto por su inteligencia como por su corazón, resuelve que haga ese viaje que marcaría, por así decirlo, la época en que el joven tomaba la toga viril. “Ve le dice, visita Alemania, Suiza, Italia, Francia e Inglaterra; estudia los diferentes países y elige, para establecerte, el que más te guste; haz también que se conozca tu nombre, muestra aquello de lo que eres capaz, con el fin de que, allá donde te establezcas, te acojan bien y se interesen por tus trabajos.» De modo que Mendelssohn partió en mayo de 1830 y no volvió hasta junio 1832, tras haber cumplido plenamente el programa trazado por su padre.

Gran viajero, como lo han sido históricamente tantos otros artistas, Mendelssohn nos muestra en sus cartas un elevación de espíritu poco común; todo lo falso, vulgar o bajo lo sublevan; la mentira y la injusticia lo horrorizan. No olvidemos que a los dieciocho años ya había compuesto su maravillosa obertura del Sueño de una noche de verano, y que la rica madurez de espíritu para alguien de su edad hacía probablemente que sintiera la necesidad de enfrentarse a la alteridad. Quizás también porque, como recuerda Montaigne (también él viajero en Italia, Alemania y Suiza), partir al encuentro del otro es ir al encuentro de uno mismo para transformarse. Un deseo de verdad y autenticidad que se manifiestan muy claramente en las palabras que escribe a sus padres al volver de un paseo al puente Nomentano en los alrededores de Roma: «Ahí es donde hay que ir a buscar la música, ahí la oímos resonar por todas partes, y no en las salas de conciertos tan vacías como insípidas».

Durante los dos años de su intenso viaje, dirige a su familia y sus amigos numerosas cartas, reflexiones y comentarios que nos permiten asistir a esa fase de eclosión en la que el talento del artista se desarrolla en contacto con mundos completamente nuevos. Como dice Nicolas Dufetel, «Viajar en el espacio es viajar a otro lugar pero también en el tiempo. Y partir hacia el sur (ésa es la dirección del Gran Tour) es, como hacerlo hacia oriente, partir hacia el pasado. A la inversa, occidente, siguiendo la vía del sol y su luz, es el futuro». A través de sus ojos, vemos pasar sucesivamente los lugares más hermosos de cada lugar, las figuras más grandes de su tiempo y del arte, la literatura y la política, los teatros y el mundo, la villa y la corte; y, como subraya Rolland, «por último, espectáculo más emotivo y más raro, vemos al desnudo el corazón de un gran artista… Dotado de una intensa sensibilidad por las bellezas de la naturaleza, es en la contemplación del mar y las cumbres alpinas donde Mendelssohn busca la inspiración; se llena el alma con las obras maestras de la creación para a su vez crear obras maestras».

Lo cual nos lleva a esa obra maestra absoluta que es su Sinfonía «Italiana», tan llena de luminosidad, alegría, poesía y soltura. Cualidades todas ellas que coinciden con las cualidades del arte de William Turner y que son también los rasgos comunes de los dos artistas, puesto que ambos se sintieron tocados e inspirados por el encuentro con la cultura italiana durante sus respectivos viajes. Turner, ya con 65 años, recorre Italia entre los años 1820 y 1829, mientras que el joven músico de 21 años lo hace entre octubre de 1830 y julio de 1831. Resulta extraordinario constatar hasta qué punto la fascinación por un país y su cultura ayuda a William Turner y Felix Mendelssohn, dos artistas de orígenes, culturas y expresiones artísticas tan contrastadas y diferentes como lo son la pintura y la música a tener éxito en un arte sublime e impregnado de belleza y expresiones intensas.

Durante esos años de inmersión en el rico y complejo universo de Felix Mendelssohn, si bien nos mostramos admirados por la extraordinaria calidad y belleza de su música, nos desconcierta la madurez de espíritu, la rectitud de juicio y la rara sensatez que ponen de manifiesto sus cartas. Durante el estudio de la partitura de esta Sinfonía «Italiana», me he preguntado a menudo cómo esa particular relación entre el viaje y la creatividad podía favorecer la imaginación musical. Durante el estudio y la preparación final de la sinfonía y en especial durante nuestras Academias Profesionales, esa relación me ha interesado de un modo aun más particular, muy consciente de que podía ayudarnos mucho a comprender hasta qué punto esas nuevas experiencias y encuentros pudieron ser fuente de inspiración para un joven Mendelssohn de 24 años. Estaba convencido de que profundizar en el corazón de esas mismas fuentes de inspiración podía ayudarnos hoy a liberar de nuevo toda la luz, la alegría y la poesía contenidas en las dos versiones (la de 1833 y la final de 1834) de esta radiante Sinfonía «Italiana» que nos sigue conmoviendo de un modo tan profundo.

JORDI SAVALL
Bellaterra, 3 julio 2023